miércoles, marzo 04, 2009

DESPUÉS DE CASI 23 AÑOS...







El pasado 22 de Febrero me llevaron a visitar el famoso Torcal de Antequera. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de conocerlo y ver la labor que ha llevado a cabo el agua de lluvia sobre ese gran macizo de roca cárstica. A pesar de haber visto fotografías de la zona, me impactó enormemente la formación rocosa que compone el paisaje. Hicimos dos de los tres posibles recorridos ya que el mayor de ellos estaba cerrado al público. Durante todo el recorrido la sensación era extraña, un silencio casi constante nos acompañaba entre los paisajes de piedras modeladas por la acción del agua durante siglos, dandole unas formas fascinantes y sorprendentes a cada momento. La sensación para mí era como estar en un paisaje de otro planeta, nos adentrábamos por túneles y senderos llenos de abundante vegetación y esas paredes de rocas, algunas de las que estaban más altas parecían que iban a caer de un momento a otro, un sitio maravilloso donde no te cansas de mirar las diversas estructuras y no paras de hacer fotos con la cámara. Hicimos un alto para comer algo y seguimos hasta terminar el recorrido y acercarnos a algunos de los miradores para llevarnos, tanto en la cámara como en la retina, parte del paisaje tan característico de la zona. De regreso hacia Antequera, decidí de acercarme a Valle de Abdalají, un pueblo a 19 Kms. donde suponía que podría estar un amiguete de la mili, hacía casi 23 años que no sabía nada de él, ni tan siquiera su dirección. Siempre que había pasado hacia Granada o Málaga pensaba, una vez que pase y pueda me acercaré a ese pueblo e intentaré buscar a ese chaval. Llegamos después de algunas curvas y dejamos el coche por el centro del pueblo. Anduvimos en una dirección hasta las afueras y pensé preguntar en un bar, pero intentamos buscar otro más céntrico y tomar un café. Una vez que encontramos uno y decidimos entrar, pregunté a la chica por esta persona, pero era difícil si no sabía el apodo por el que era conocido. La chica con mucha amabilidad decidió preguntar a otro de los vecinos a ver si por el nombre y apellidos le conocía. El vecino no estaba en ese momento así que decidimos salir y ver si paseando por las calles del pueblo coincidíamos con él. Al ver a una vecina limpiar la entrada de su casa le pregunté pero no le conocía sin saber el apodo, tampoco tenía una guía de teléfonos por si aparecía el nombre y me dijo que se la pidiera a otra vecina de enfrente. Así lo hice y cuando le dije el nombre le conoció rápidamente y un señor tan amable buscó rápidamente el teléfono a través de otra persona y él mismo nos acercó hasta un bar cercano a donde vivía este amigo. La casualidad fue que, curiosamente, era el mismo bar donde pensé preguntar anteriormente y su casa era justo al lado. Nada más entrar y verle le reconocí enseguida pero él, como estaba un poco adormilado, al principio no me reconoció. Una vez que sí lo hizo le dió una gran alegría y charlamos un poco tomando un café. No estuvimos mucho tiempo ya que era tarde y además no paraban de llamarle por teléfono y acudir a su casa algunos clientes. Nos despedimos y terminamos de dar un paseo por el pueblo hasta llegar a un mirador que había en lo alto del pueblo y ver el atardecer antes de comenzar el regreso hacia Sevilla. El ver a esta persona después de tantos años, conocer a su familia, tres niños y a su mujer, me dió una gran alegría y fue una pena el no disponer de más tiempo para seguir hablando y contarnos tantas cosas ocurridas en todo este tiempo. El día había sido muy fructífero ya que entre el Torcal y el encuentro con este amigo me llenaron de satisfacción y alegría, mereció la pena, sí señor, siempre es grato un encuentro como este.